Cuando era niño, no imaginé que terminaría escribiendo para gente que no habla mi idioma.
Que una obra mía se estrenaría en Nueva York, otra en Río de Janeiro, otra en Buenos Aires. Que pasaría por Londres grabando una pieza para la BBC y por Suiza para recibir un premio de cine.
Tampoco imaginé que a los cincuenta y tantos me descubriría novelista (tarde, dirán algunos; a tiempo, digo yo). Ni que, al cumplir treinta años en el teatro, también habría escrito para la pantalla, para la radio y dos novelas (hasta ahora).
Tres décadas. Tres medios. Y todavía no sé hacer otra cosa.